Los números del "paco" (otra cifra infernal)

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El "paco" es la droga de los pobres en la Argentina, y su consumo ya está penetrando con fuerza en los sectores medios. El paco es una bomba de tiempo, un verdadero boleto al infierno y sin muchas posibilidades de retorno. Quienes la prueban escriben de inmediato su condena en el aire, una y otra vez.

El circuito de la comercialización de esta droga mueve unos dos millones de euros diarios. Son más de 1,5 millones de dosis las que se compran en todo el país, y que caen en manos de jovenes que, por lo general, no estudian ni trabajan. Un adicto consume diariamente 20 dosis diarias, unas 600 mensuales. Cada una de ellas cuesta aproximadamente un euro.


Eso quiere decir que, para mantener el nivel de consumo que reclama un cuerpo y una mente cautivas, se requieren unos 700 euros al mes.Hace poco escribí una historia sobre las madres que tratan de rescatar a sus hijos de las redes del "paco". A partir de estas cifras espeluznantes, publicadas por el Diario Popular de Buenos Aires, me pareció más que oportuno recuperarla, y volver a leerla con escozor.
A esta hora, mientras usted lee, en alguna esquina de Buenos Aires hay un chico que fuma paco. Y una madre recorre esas mismas calles desangeladas para salvarlo de ese remanente de la cocaína. "Esta es una droga de exterminio: amenaza con destruir por otros medios a otra generación de argentinos", dice Marta Gómez. Tiene 50 años y tres hijos. Uno de ellos, Juan Carlos, ya forma parte de esa juventud arruinada. Marta lidera el Movimiento de Madres en Lucha, que se reune en el comendor infantil Los Pibes, en el barrio de La Boca. Ella vive a pocos metros del estadio del Boca Juniors, el club de fútbol más popular de este país.De día, los turistas internacionales pasean por sus calles más pintorescas, las mismas que, al caer el sol, se pueblan de precoces adictos. "Se están iniciando a los siete años", dice Gómez.
En 1977, un grupo de mujeres, que no se conocían entre sí, comenzó a dar vueltas alrededor de la Plaza de Mayo para exigirle a la dictadura militar la aparición con vida de sus hijos secuestrados. Sus pañuelos blancos quedaron como símbolos de resistencia. Treinta años más tarde, otros pañuelos recorren la misma plaza y numerosos asentamientos de esta capital y su periferia. Esta vez, los pañuelos son negros. Los llevan las Madres en lucha contra el paco, otra de las agrupaciones que salieron a las calles a pelear casi solas contra los narcos y dealers (distribuidores). Todas piden al Estado que deje de hacerse el distraído. "Nadie quiere rehabilitar a nuestros chicos: cuando contamos lo que ocurre, nos tratan como locas", explica Gómez mientras camina con este cronista por la calle Garibaldi, de La Boca. "¿Ve?, ese es un vendedor", dice. .
Hay mucha, muchísima gente que hoy, en este minuto, sufre por el paco. Las escenas se repiten con pasmosa regularidad, de día y noche. En la Villa 31, un mar de chabolas a cinco minutos de la sede presidencial, en el barrio de Constitución, en las zonas marginales de los suburbios bonaerenses. Y en La Boca, claro. Los chicos aspiran el desperdicio en una pipa o en una lata de conservas . Sus efectos son más devastadores que los provocados por el crak en EE.UU. Una dosis de paco tiene una cantidad insignificante de cocaína. Los traficantes la mezclan con vidrio molido, lana de acero, veneno para ratas, solventes y otros químicos. El paco es terriblemente adictivo. Un verdadero boleto al infierno. Quien lo prueba (no) sabe que es muy pero muy difícil regresar para contarlo.
El paco es, en apariencia, una droga barata. Probarlo cuesta un euro, y su efecto dura unos minutos. O sea: nada. Los iniciados suelen repetir de inmediato. A partir de la segunda inhalación, el cuerpo pide a gritos más y más. Los adictos pueden llegar a comprar más de 100 dosis diarias. Y como no tienen dinero, el 68% de ellos salen a robar, prostituirse, a matar y morir en el intento. Los que le pueden escapar al final atroz son, en rigor, muertos vivos.
Se los llaman "zombis". "A los seis meses de consumir padecen secuelas neuronales irreversibles", explica Gómez, y sabe por qué lo dice. La conversación ahora discurre en la Plaza Solís, en la calle Olavarría. La plaza ahora tiene otro nombre: "Pakistán", y no aluede, claro, al lejano oriente. Los "paquistaníes" son fácil identificar. Tienen el rostro demacrado. Caminan doblados por el peso de la fatalidad. Casi no oyen, Padecen problemas visuales y calambres permanentes.
Muchas Madres en lucha contra el paco conocen muy bien esos efectos y sus causas: han sido, alguna vez adictas. El paco llegó a los barrios pobres de la mano del colapso económico del 2001 .Se calcula oficialmente que en la Argentina existen 180.000 adictos. "Esa es una cifra muy moderada", corrige Gómez. En un principio, la droga golpeaba a los sectores más débiles de la sociedad. La clase media ya no se escapa a sus redes.
Las autoridades de la capital argentina no parecen haberse enterado de la dimensión del desgarramiento. Los legisladores de Buenos Aires aún no reglamentaron la Ley de Adicciones que, dicen las Madres, ayudarían a enfrentar el drama con mayor eficacia. Un estudio de la Secretaría contra el Narcotráfico (Sedronar) sostiene que las víctimas del paco ya ocupan el 28% de las camas disponibles para tratar a los adictos de cualquier droga. Y hay apenas 2.500 camas en todo el país.
"Las vítcimas del paco son los nuevos desaparecidos. Pero, a diferencia de lo que ocurrió en los setenta, están delante nuestro. Luchar por nuestros hijos ya no es una obligación: es una necesidad".
Abel Gilbert
Fuente: El Periódico de Catalunya

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